LAGRACIA

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UNA GALAXIA EN EL ESTÓMAGO

Le había gustado desde el primer momento en que había abierto la boca. Apareció en el vano de la puerta de su tienda, calada hasta el alma y con una sonrisa tímida había preguntado por aquella dirección que les unió aquella tarde. Él no tenía ni idea de dónde quedaba pero se ofreció a buscarla para ella. Un “vaya tormenta” por aquí, un “te apetece un té para entrar en calor” por allá, a lo que se dieron cuenta había llegado la hora de echar el cierre y aquella dirección había dejado de importarles tanto a uno como al otro.

Y allí estaban ellos ahora, compartiendo espacio y aclimatándose el uno al otro. A los cambios de humor desconcertantes de él pero también a sus abrazos cálidos por la mañana. A las pocas dotes para la cocina de ella, pero también a sus besos por sorpresa que le alegraban las noches.

Meses después ella le confesó que aquel día había quedado en esa dirección con un chico al que no conocía, en una estúpida cita que una amiga le había preparado empeñada como estaba en que saliera de casa y conociera gente y él a su vez le contó que se enamoró de ella aquella misma tarde cuando descubrió que le hacía sentir estrellas, el sol, la luna y una galaxia entera en el estómago.

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